¿Ya tiene tu hij@ su etiqueta ? El etiquetado de los menores y sus consecuencias


“El individuo no es sino la mitad de sí mismo;

su otra mitad es su propio paisaje”.

Ortega y Gasset, en Notas de andar y ver


La concepción que una sociedad tiene acerca de la infancia y de la adolescencia cambia a lo largo de la historia. Así, en una época aceptamos como “normales” y “aceptables” conductas que son rechazadas en otros momentos históricos.


Un problema con el que nos encontramos actualmente es que lo que consideramos "normal" (“niño/a o adolescente muy obediente y muy tranquilito/a”) se ha vuelto tan restrictivo que cualquier desviación de la norma es considerada una patología. En cuanto surge una conducta supuestamente “desadaptada” en un menor, le etiquetamos inmediatamente como “problemático/a”, le sometemos a un tratamiento psicológico y/o farmacológico que haga desaparecer su supuesto trastorno y le exigimos que se adapte lo antes posible a las condiciones requeridas por los adultos de su entorno.


La sociedad adultocéntrica[1] en que vivimos parece haberse olvidado de que la infancia y la adolescencia son etapas evolutivas del ser humano, pasando a concebirlas como unas etapas “patológicas” por las que atraviesan los menores hasta que se convierten en adultos/as.


Esta idea de que la infancia y la adolescencia son etapas de grandes conmociones, aceptada cada vez por más padres, madres y profesionales, puede acarrear serias consecuencias para los/as menores[2]:

  • Reaccionar exageradamente, suponiendo que la conducta de un/a menor es signo de un problema grave cuando, de hecho, es típica de chicos/as de su edad. Por ejemplo, unos padres acuden a terapia familiar porque su hijo adolescente ya no les cuenta tantas cosas y pasa todo el tiempo en su cuarto o con sus amigos.

  • Pasar por alto problemas serios de un/a menor, suponiendo que sus conductas problemáticas son comportamientos “normales” desde el punto de vista evolutivo. Por ejemplo, no ver acoso escolar en unas adolescentes que pegan de forma recurrente a otra compañera, pues pensamos que en esas edades es normal que haya rifirrafes entre el alumnado

  • Realizar profecías autocumplidas: Las percepciones negativas que los adultos podemos tener de los menores (“son una generación perdida”, “son pequeños monstruos”, “mi hijo/a se porta mal para fastidiarme”) pueden hacer que siempre señalemos lo negativo de los menores o entremos en luchas de poder con éstos/as; que reaccionemos de forma exagerada ante un comportamiento problemático; que bajemos los brazos demasiado pronto o incluso abdiquemos de nuestras funciones educativas. Estas reacciones de los adultos/as suelen provocar y fomentar, a su vez, los comportamientos desviados de los/as menores

  • Delegar la responsabilidad de los adultos en profesionales de la salud (“arréglame a mi hijo”), y/o medicar a los menores, con fármacos como Concerta, Ribufén, Topamax o Risperdal (¡¡al fin las farmacéuticas se pueden lucrar a costa de los/as más pequeños/as!!).


Si los/as profesionales nos dejamos de “biologicismos” y “psicologismos” (creer que todo se explica por la biología o por la psicología) y tenemos en cuenta el contexto, veremos que los menores que presentan “síntomas” son como los canarios que dejan de piar en las minas: nos indican que algo va mal en el entorno donde deben desarrollarse[3].


Como nos enseñan el modelo sistémico[4] y el ecológico[5], toda conducta se desenvuelve dentro de un contexto. Pero cuando catalogamos a un individuo como "problemático", presuponemos que el problema está en la persona y no en el contexto. En consecuencia, nuestros esfuerzos irán dirigidos al tratamiento del individuo problemático antes que a intentar comprender la razón por la cual su comportamiento no se ajusta al contexto. La existencia de un desajuste entre un/a menor y su contexto no implica necesariamente un problema en uno o en otro, pero sí sugiere que tal vez sea preciso considerar una modificación en el contexto en lugar (o además) de un cambio en el/la menor.


Si dejamos de gastar nuestras energías tratando el nombre del problema y nos centramos en el contexto que lo crea y/o lo mantiene, podremos observar que en torno a una menor etiquetada con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, puede haber unos padres que creen que el problema no es “educativo”sino “de la educanda”, que se contradicen delante de ésta, que reaccionan de forma desproporcionada y que le hacen demasiadas demandas a la par. Estos padres, a su vez, pueden tener unos horarios terribles de trabajo y disponen de poco tiempo para ponerse de acuerdo en la educación de su hija y para cargar las pilas. Detrás de esta menor, también puede haber una profesora desbordada con las nuevas exigencias curriculares, que no se plantea el problema como algo “escolar” sino como algo “de la escolar”, que no se pregunta tanto cómo ayudar a la niña sino a qué neurólogo/a derivarle. Tras el comportamiento de esta niña, también hay una amplia constelación de mundos de atracción ficticios y virtuales, un incremento de los alicientes basados en el consumo y la satisfacción inmediata, un interés por parte del capitalismo de que los niños sean caprichosos y tengan un bajo control de impulsos; unos intereses por parte de la Psicología y la Farmacología, que con etiquetas como la del TDAH, consiguen que los padres no sepan cómo tratar a sus hijos y tengan que recurrir a los especialistas que los traten y mediquen…


En torno a un adolescente etiquetado como NiNi (ni estudia ni trabaja), quizá haya unos padres que a la par que le regañan, le dan una paga y le abonan los gastos de móvil y de Internet; que a la vez que le exigen madurez, le compran ropa de marca, le preparan sus comidas favoritas y le hacen la cama; que a la par que le sermonean, le envían los currículum y le pagan los cursos y la autoescuela a los que ni acude (quizá deberíamos dejar de hablar de chicos NiNi, para empezar a hablar de padres SíSí, que le dicen Sí a todo lo que les pide el “niño” o la “niña”). Por último, tras el adolescente NiNi, existe una devaluación de los estudios formativos, una terrible precariedad laboral (paro, dificultad en la inserción laboral, contratos temporales, sueldos precarios, incertidumbres que corrompen el carácter), unos costes elevados de compra y de alquiler de viviendas que dificultan la emancipación y retrasan la adquisición de autonomía y la adquisición de responsabilidades…


Junto a un niño adoptado etiquetado con Trastorno Antisocial, puede haber unos padres que hacen diferencias a favor de sus hijos biológicos; un papá que nunca quiso adoptar, pero que se dejó llevar por su pareja, y que ahora rechaza al niño y le culpa de todos los males; una mamá que abandona sus funciones parentales porque el niño no cumple con las expectativas idealizadas que tenía puestas en la adopción, porque “no me hace feliz”. También puede haber una institución que le planteó a estos padres la adopción como una medida exclusivamente de filiación (padres con derecho a tener un hijo) y no de protección (niños abandonados con derecho a tener una familia); una institución que convirtió en tabú el abandono de los menores y no incorporó el legado y la historia de la familia biológica; una institución que aceptó como motivo por el que los padres quisieron adoptar el que no pudieron ser padres biológicos...


Me gustaría animaros con este artículo a defender a estos chicos que son “etiquetados”, ya que ellos quizá no pueden defenderse. No se trata de verles como víctimas ni de quitarles toda la responsabilidad, porque cada generación ha de lidiar con determinadas dificultades; tampoco se trata de que criminalicemos entonces a los padres o a las instituciones que trabajan con ellos. Lo que os invito es a que dejemos vivir a los menores cada momento evolutivo, que evitemos criminalizarlos y que nos esforcemos por cambiar los contextos donde están creciendo para que puedan desarrollarse mejor.


Os lanzo algunas ideas con las que quizás podríamos combatir esta concepción patológica que tenemos de la infancia y la adolescencia:

  • Ayudar a reflexionar a las familias: Conviene que animemos a las familias a que piensen sobre las tensiones y los imperativos sociales a los que se enfrentan (hay que buscar la autorrealización, no hay que frustrar en nada a los hijos, los roles normativos son malos, mis hijos están para satisfacerme…), a que observen cómo están educando a sus hijos e hijas, y a que encuentren sus propias certidumbres y adopten unas posturas firmes que les ayuden a no ser movidos como marionetas por los hilos de la sociedad de consumo

  • Demandar otro modelo social: Debemos fomentar que las instituciones para las que trabajamos no dejen de reclamar a los políticos cambios macrosistémicos: facilitación de la conciliación de la vida familiar y laboral, empleos dignos, ajuste en los precios de compras y alquileres de viviendas, mayor protección a la infancia de los programas en los que les etiquetan como diablos (Generación NiNi, Hermano Mayor…). Si no, nuestro trabajo sólo será una gota en el océano.

  • Pensar otra concepción de la infancia y la adolescencia: Los/as menores no son personas ya “hechas”, ya maduras. Son personas “en construcción”, que necesitan de su entorno, de nosotros/as, para desarrollarse y para corregir sus comportamientos. Los/as menores, para madurar, van a tener que convertirse en personas diferentes a aquellas que los padres y madres deseaban (han de diferenciarse), con todas las frustraciones que esto genera en los/as adultos/as.

  • Crear sinergias entre padres, madres y educadores/as: Conviene empoderar a los/as educadores, devolverles la autoridad y la responsabilidad necesaria para poder criar, cuidar, contener y educar a los/as menores. Hay que animar a los/as educadores/as a que se cuiden, a que tengan sus válvulas de escape, para que puedan cuidar bien. También debemos ayudarles a no desdecirse entre ellos (entre padres, entre padres y profesores, entre profesores…), para que los menores no se confundan con los mensajes contradictorios ni se des-responsabilicen con los enfrentamientos.

  • Focalizar en lo positivo: Los padres, las madres y los/as profesionales debemos rescatar los puntos fuertes de los/as menores, sus excepciones (“no suele estudiar, pero hoy sí estudió y le felicito por ello”), lo que sí funciona en la familia… Si focalizamos sólo en aquello que no funciona, perpetuaremos las etiquetas y dificultaremos los cambios.

  • Normalizar los comportamientos teniendo en cuenta el momento evolutivo y el contexto: Los/as menores no se portan mal por fastidiar, lo hacen porque aún tienen que aprender o porque algo en su contexto está generando o manteniendo esos comportamientos (falta de afecto, señalamiento sólo de lo negativo, luchas de poder con los menores, ausencia de límites y de consecuencias…). Si les/as etiquetamos como “patológicos” o “problemáticos” vamos a dificultar enormemente el cambio

  • Escuchar qué piensa el/la menor sobre lo que ocurre y qué querría cambiar de su entorno: Además de escuchar a los padres, a las madres y a los/as profesionales, también hay que escuchar a los menores, pues suelen tener opiniones sobre el asunto y demandas hacia los adultos que conviene que sean escuchadas.


Os dejo estas pequeñas reflexiones e ideas que, junto con las que se os ocurran a vosotras y vosotros, quizás nos ayuden a brindar a los menores un futuro mejor.


Jesús Oliver Pece

Psicólogo, terapetua familiar y de pareja

Coordinador de la Unidad de Orientación a la Familia ante momentos difíciles

Director de PSIQUE & LOGOS (www.psiqueylogos.com)





[1] Martín-Holgado, J. (2006). Del paidocentrismo al adultocentrismo en las relaciones padres-hijos. En: M.I. Álvarez & A. Berástegui. Educación y Familia: la educación familiar en un Mundo en Cambio (pp. 92-114). Madrid: Universidad Pontificia Comillas.


[2] Micucci, J. A. (2005). El adolescente en terapia familiar: cómo romper el ciclo del conflicto y el control. Buenos Aires: Amorrortu.


[3] Fishman, H. C. (2005). Tratamiento de adolescentes con problemas. Barcelona: Paidós.


[4] Watzlawick, P., Beavin, J. & Jackson, D. (1983). Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder.


[5] Bronfenbrenner, U. & Morris, P. (1998). The ecology of developmental processes. En: W. Damon & R. Lerner. Handbook of child psychology. Vol. 1. Theoretical models of human development (pp. 993-1028). New York: Wiley.


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